"Apuntes sobre el apoyo de Euskal Herritarrok al Gobierno de Ibarretxe”
es un artículo de excepcional interés publicado en GARA el 17 de marzo de 2000 por Jose Mari Olarra, Miembro de la Mesa Nacional de Herri Batasuna.
Jose Mari Olarra * Miembro de la Mesa Nacional de Herri Batasuna
Apuntes sobre el apoyo de Euskal Herritarrok al Gobierno de Ibarretxe
El hecho de que EH apoyara al Gobierno de Gasteiz institución vascongada, surgida del Estatuto, uno de nuestros demonios a lo largo de todos estos años, ha sido percibido por algunos militantes y compañeros como uno de los factores críticos en el análisis de la presente situación.
Si por un lado la izquierda abertzale aseguraba (y lo sostenía el mismo Pacto de Lizarra-Garazi, o sea, el PNV, ELA...) que el marco autonómico estaba agotado, y se imponía su superación, el apoyo de EH al lehendakari parece que avala su continuidad. Contra la lógica de tantos años de enfrentamiento, diríase que sostenemos al Gobierno de Ibarretxe, que no se autoinmola, sino que sigue, y nos encierra así en una trampa sutil que le permite perpetuar su naturaleza de órgano bastardo. O sea, le permite superar su agotamiento, su falta de futuro, su déficit de credibilidad, encontrando a la vez una nueva legitimación para perdurar en su juego de medias tintas.
A primera vista resulta desconcertante y contradictorio: denostamos el modelo autonomista, y luego lo apuntalamos. Pero sólo es contradictorio (y erróneo si se quiere) desde una percepción estrecha, cortoplacista, basada en conceptos absolutos del mundo real: bueno o malo; amigo o enemigo. Es una percepción poco dada a manejar los matices y las fallas, las líneas de ruptura y de juego político que permiten incidir en la realidad social.
Sólo desde una posición anarquista clásica se asume que el objetivo a batir es tal o cual institución, en sí. Para cualquier otra interpretación teórica, las instituciones son la cristalización formal, más o menos amplia, de mayor o menor alcance, del modelo social global en curso. O sea, que es el marco de fondo el que nos interesa, y el escenario parcial en este caso sólo es un lugar de conflicto o de tránsito funcional.
No podemos observar la cuestión que nos plantea esa institución autonómica (en sentido amplio o particular: Gobierno vasco, Parlamento de Gasteiz, territorio de Vascongadas...) por sí sola: absolutizada, alabada o demonizada, acabada en sí misma como ente real. Hay que tomarla en función del conflicto de fondo y del proyecto estratégico en que nos hemos comprometido.
El Pacto de Ajuria Enea
En nuestro ánimo actual, no podemos olvidarlo, pesa el hecho de que el modelo de las autonomías ha sido históricamente la trampa española desde la Constitución del 78. Es el proyecto alternativo al nuestro el que permite integrar lo que nosotros pretendemos alterar y superar. Estatuto frente a independencia nacional. Pero también pesa el dato de que Ajuria Enea y el lehendakari, de forma personal, involucrado en ello se había constituido en los últimos 10 años (o más) en el referente central, simbólico y argumental, del enemigo, hasta el punto de que su estrategia se llamaba así: Pacto de Ajuria Enea.
¿Cómo hemos podido, de improviso, apoyar a un gobierno vascongado, parte hiriente y esencial de esa realidad? Si vamos más allá de la miopía de los hechos inmediatos, y tomamos en cuenta los objetivos principales y el conflicto en su totalidad, no hay tal contradicción. Al contrario, la primera victoria es ya que ese gobienro haya asumido el fracaso del modelo estatutario, que es su propio fundamento. Importante victoria estratégica. La segunda, mayor aún, es que por la vía de los hechos ha conseguido hacer estallar el referente central que presentaba el enemigo de esos años. Visual, simbólica y estratégicamente, la adhesión del gobierno vascongado a la marcha de Lizarra-Garazi (por discreta y matizada que sea, ya se ha encargado el enemigo de señalarlo pública y escandalosamente), ha destruido dicho Pacto de Ajuria Enea, desmontando una peligrosa política española, progresiva, de integración estatal (PNV-EA-PSOE-PP) y desintegración nacional en marcha. Sólo con esto deberíamos estar satisfechos.
Marco histórico-social
Pero lo importante va más allá. Por supuesto, nuestra estrategia no pasa por el Gobierno vascongado, y menos por afianzarlo. Sin embargo todos estos instrumentos y movimientos (instituciones, alianzas, procesos...) adquieren para nosotros su sentido en el marco de la propia orientación estratégica. Es decir, son válidos y operativos en la medida en que favorecen el avance y la profundización en el conflicto de fondo. En las presentes circunstancias y dejando de lado una perentoria necesidad de teorizar que nos llevaría a considerar los sistemas sociales, la falta de referencias de la izquierda mundial, los movimientos sociales de todo tipo... en lo que estamos de acuerdo es que la fractura fundamental de este país es la que pasa por los diferentes marcos sociohistóricos. Para nosotros, la construcción nacional de Euskal Herria; para el enemigo, la consolidación de sus proyectos estatales, español y francés.
Desde esta perspectiva básica, que nos ofrece el marco interpretativo en que nos debemos situar, el dato específico de que EH haya apoyado al Gobierno de Ibarretxe en el seno de los acuerdos de Lizarra-Garazi y en el proceso abierto hace ya meses es válido (sin absolutizarlo, o sea, sin considerarlo una apuesta total, libre de costes, problemas y contradicciones), porque ha incidido obviamente, abiertamente, en el enfrentamiento con el referente estatal español.
Así es el proceso iniciado: unas veces se nos presenta como una apuesta audaz y arriesgada, de resultado final conflictivo; en otras ocasiones, más incisivo y frontal, más directo; pero así lo hemos percibido todos, incluida la mayor parte de nuestra militancia, nuestra base social (aunque a veces esta percepción sea ante todo instintiva; el caso es que funciona en lo real) y gran parte de las bases sociales de otros grupos, tanto aliados como enemigos.
El hecho de que buena parte de las gentes de EA y PNV se alejaran de su cómoda integración autonomista, para sentirse «más vascos», y para trabajar codo con codo (por discutibles que sean luego la implicación, las tareas, los contenidos...) con fuerzas verdaderamente abertzales e independentistas, y a la inversa: el dato de que los mismos españoles percibieran ese alineamiento como preocupante y peligroso, y pidieran la vuelta a los tiempos del Pacto de Ajuria Enea, es base suficiente de valoración de que la línea de fondo de la apuesta emprendida estaba bien dirigida. Que hubiera un emplazamiento de la «cuestión vasca» (por citar el tópico) en términos nacionales, de construcción nacional, de dimensión nacional, de autodeterminación, de ámbito vasco de decisión, de proyecto de «todos los vascos» frente a la injerencia estatal... con sus debilidades y ambigüedades, es una ruptura del marco anterior (Ajuria Enea, lo viejo que muere) y una correcta orientación del trabajo (estrategia de futuro, hay que parir lo nuevo). El apoyo al Gobierno de Ibarretxe, sin más pretensiones, ha jugado en esa dirección.
Presente frente a futuro
A partir de ese enfoque acertado, hemos confundido tiempos y lugares, pantallas de humo que nos han impedido entender y relanzar el proceso. En primer lugar no hemos sabido apreciar los logros conseguidos: iniciativa política, descolocación de los poderes del Estado, Udalbiltza, reagrupamiento de fuerzas abertzales y de izquierda... El enemigo sabe disimular sus flancos débiles, y esta falta de perspectiva por nuestro lado desvirtúa la capacidad de análisis en la consideración de los avances, momentos clave, urgencias y desafíos inmediatos.
En todo caso, aunque el PNV (Lizarra-Garazi en su conjunto) acepta el agotamiento del marco autonómico, también es cierto que no se ha dedicado a vaciarlo y traspasar tareas, dinámicas y legitimidades a organismos más apropiados. A Udalbiltza, por ejemplo. No ha habido madurez suficiente (ni tiempo) para consolidar y dotar de operatividad a estos proyectos alternativos.
Ahí es donde debemos criticar, autocriticar y considerar el modo de trabajar. Hemos esperado peras del olmo, pensando (¿realmente?) que el PNV o el Gobierno vascongado iban a hacerse el harakiri y vaciarse de contenido, para satisfacer nuestras esperanzas. Esta pretensión es absurda e irreal. El PNV y todo el conjunto de fuerzas vasco-autonomistas tiene demasiados intereses y una visión de la realidad mucho más material, más institucionalizada que nosotros. Y es una entidad compleja, con muchos sectores y tendencias en su seno, que es díficil remover sin peligro de que salte o se desangre por problemas internos. Es impensable un cambio de rumbo a toque de silbato.
Los dirigentes del nacionalismo oficial son conscientes de que su modelo político está agotado. Pero es lo que tienen. Para el futuro quieren así lo hacen ver otra cosa. Pero eso no significa que vayan a dar un salto en el vacío.
Hoy por hoy, y sin especular, estas fuerzas ven el futuro de un modo problemático. Con preocupación. Y Lizarra-Garazi es un referente en su horizonte. Cuanto más claro y definido lo presentemos, más arraigo y posibilidades tendrá. Pero no podemos ser tan ingenuos como para ignorar que no van a renunciar a su poder actual. Presente frente a futuro. Esa es la cuestión para ellos. Es una línea de ruptura más; es una contradicción a añadir. Y sin embargo ni podemos olvidarla, ni tampoco podemos quedarnos atrapados en ella.
Debemos ir más allá. Debemos ir a lo nuestro, a la construcción nacional, a ofrecer modelo y líneas de intervención que permitan a estas fuerzas acomodadas transcender esa dificultad intrínseca suya. Hace unos años no estaban dispuestos; defendieron esa trinchera autonomista con uñas y dientes contra nosotros, que les reclamamos ir más lejos. Hoy, que ven su fracaso a medio plazo, que estarían más dispuestos a aceptar nuevas alternativas, no podemos volver a disputar con ellos por algo que ya hemos demostrado que no da más de sí.
Falta de definición
En este terreno hemos fallado por falta de definición. Porque no hemos sabido incidir, proponer, dinamizar. No hemos sabido lanzar nuestros propios programas de trabajo en unos terrenos en los que no estamos preparados ni acostumbrados. Esto es uno de los campos de intervención que debemos madurar.
El problema, sobre estos parámetros, no es si apoyamos o no al Gobierno de Ibarretxe, que no pasa de ser un acto coyuntural. Bien dolidos y preocupados por ese apoyo nuestro están las fuerzas españolas: porque les arrebatamos ese espacio institucional; porque un apoyo de EH (que se sabe pública y notoriamente que es abertzale, independentista y rupturista con el modelo actual) marca al Gobierno de Gasteiz y señala que lleva otra orientación, que es la de Lizarra-Garazi, distinta de la del Pacto de Ajuria Enea, distinta de aquella anterior complacencia con Madrid.
El problema, llegado a este punto, es si nos vamos a cerrar las vías de intervención nosotros mismos. Porque ahí están, abiertas, aunque contradictorias.
Como reflexión final, no hemos fallado por lo que hemos sabido empezar y proponer, sino por lo que no hemos hecho luego, por no haber sabido llevarlo hasta el final al huerto. Ahí está la madre del cordero. *